El sitio no fue elegido al azar. Nada lo fue. “Es el hotel
de Rilke”, dijo ella. Tres meses pasó el poeta en la ciudad, pero el hotel ya
estaría unido a su figura para siempre.
La estatua
que mira al abismo en el que se asienta nuestra entrevista da fe de ello.
Carmen Rivas, profesora y apasionada del poeta, se sienta en una butaca de
madera, resguardada por las vitrinas de la cafetería del hotel Reina Victoria.
“Prefiero estar aquí, pasando un poco más de calor con la calefacción”, indica.
Y es que el frío que lanza el Tajo, que parte a Ronda en dos, no da lugar a
elegir la terraza.